Sin embargo ¿qué es un jarrón? ¿No es nuestro cuerpo encerrando toda una suerte de pequeñas almas, unas irremisiblemente olvidadas, otras reconocidas al primer vistazo entre una menudencia, quizás polvo ya, de muertes mucho más prematuras?
¿Y esa boca? Por ella se han proyectado fuegos artificiales en tiempos de euforia y fiesta; flores frescas para recibir al huésped del amor, de plástico o de papel perdidas las ilusiones de su llegada. O simplemente no han estado, y han hablado con su ausencia de lo que significa el olvido más vergonzoso. Lo hemos visto todos: jarrones invasores a los que se les ha abierto la puerta sin ofrecer resistencia, que han usurpado el sillón a su dueño por derecho hasta que una simplísima torpeza los han convertido por su inmanente debilidad en una colonia de inútiles añicos. Mala suerte para ellos.
Habitan jarrones de barro tosco, de fina porcelana, de cristal puro e impuro, pequeños, medianos y grandes, con cintura de avispa y con vientre de preñez, asibles algunos con un solo dedo y solo aptos para una o dos manos la mayoría. De marca y con apellidos vulgares. De los que reflejan el cielo cuando están junto a una ventana y de los que se tragan las sombras de la bajeza; infante joven, o ese viejo, doctorado ya en los rostros y disfraces de los ciclones de dolor que la Historia (de ayer, de hoy y de siempre) regurgita con cada una de sus malas digestiones.
¡Y qué sorpresa, cierto, esas monedas tan abajo! Escondidas así de hondo…, nunca sabido si con toda la voluntad o porque su propio peso las arrastró hasta allí. Imaginaremos posibles credos sujetos a soborno o, tal vez, ese aviso de cartería del que todo el mundo negó ser el destinatario. Según cuándo se derramen, dónde y ante quién, esas monedas serán aprovechadas o no, como órganos para trasplante: en otras entrañas de jarrón podrían volver a su oscuridad.
He llorado ante algunos de ellos, los he mojado al acercar mi mejilla y he tenido que secarlos rápidamente por respeto. No me ha importado saber cuánto me ocultaban porque me bastó en nuestros encuentros con esas palabras inaudibles arrancadas en el roce mutuo. A los demás los he ignorado o, mejor aún, he deseado verlos tras un concurrido escaparate víctimas de la moda o de la cultura de museos, es decir, siendo casi nada o demasiado.
Todos los jarrones tenemos ombligo,
vital garfio que por dos veces quiebra.
Newton se equivocó: no cae la manzana, sino el hombre.
